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Según algunas afirmaciones
fueron sesenta y dos los yeguarizos dejados por don Pedro de Mendoza en
estas tierras. Eran ejemplares andaluces, de origen berberisco con algún
cruzamiento marroquí. Cuando el primer adelantado, hostigado por los
indios querandíes se retiró a Asunción, aquellos caballos se diseminaron
libremente por la pampa y el litoral argentino.
Su adaptación al nuevo medio
fue rápida y total, a lo que contribuyeron la abundancia y calidad de
nuestras pasturas, el clima propicio y la falta de enemigos naturales.
La gran extensión de estos
campos por entonces indivisos, les permitió desplazarse sin trabas y vivir
en libertad absoluta, retornando a su salvaje estado primitivo. Así se
formaron grandes manadas cimarronas en las que renacieron los instintos
nómades de sus antepasados berberiscos.
En aquellos animales fueron
creciendo algunas características físicas que el proceso de adaptación
requería y que se acentuaban de generación en generación, deviniendo
finalmente de estos cambios biológicos un tipo de caballo distinto al que
trajeron los españoles el cual llegó a denominarse caballo criollo.
De sus increíbles aptitudes
gozó el indio que aprendió a amansarlo con paciencia y a montarlo en pelo,
convirtiéndose en jinete habilísimo sobretodo durante las cargas a lanza
primero contra los conquistadores y luego contra los sucesivos gobiernos
nacionales.
El caballo criollo ejerció
asimismo una fundamental influencia en la sicología y costumbres del
hombre de nuestro campo, a tal punto que no podríamos concebir la
existencia de un gaucho sino montado, muy cerca de su “flete”.
Finalmente fue el ejemplar
adoptado en las luchas emancipadoras y con él se logró la libertad de la
patria argentina luego de cruzar pampa y cordillera, puna, montes, ríos y
quebradas. |